Fotos Beatificación M. Margarita López de Maturana

Margarita Mª Lopez de Maturana

 El pasado 22 de octubre, día del Domund, día misionero  por excelencia asistimos a una Beatificación: la de Margarita María López de Maturana: mujer, bilbaína y misionera.  

Una beatificación es, desde los orígenes de la Iglesia, el reconocimiento que ésta hace de la vida de una persona a título póstumo por considerar que ha vivido el Evangelio hasta las últimas consecuencias. Desde ese momento la Iglesia nos  ofrece a estas personas como quien a vivido en plenitud y totalidad el seguimiento de Jesús.

Si las beatificaciones llevan existiendo desde el comienzo de la Iglesia ¿por qué ésta es tan especial para Bilbao? Resulta que es la primera beatificación que se realiza en nuestra  diócesis. Margarita María será la primera cuya ceremonia de beatificación se realizará en nuestra ciudad, la ciudad que la vio nacer.

Merece la pena acercarnos a conocer a esta nueva Beata a la que celebramos como Iglesia. Mercedaria por vocación, misionera por especial llamada de la Iglesia, y fundadora del Instituto de Mercedarias Misioneras de Bérriz, que quiere también hoy seguir extendiendo sus raíces misioneras – liberadoras “hasta los últimos confines del mundo”

Margarita nació en Bilbao, con el nombre de Pilar (izquierda), el 25 de Julio de 1884, junto a su gemela Leonor (derecha). Ni más ni menos que en la calle Tendería, en pleno Casco Viejo.

En su propia familia fue creciendo en la fe de mano de sus padres. En la adolescencia, su madre, intentando alejarla de una amistad prematura con un joven marino, decidió llevarla interna al Colegio-Internado que tenían unas monjas Mercedarias en Bérriz (Bizkaia).

Y aquí comienza este misterio, como en tantas otras ocasiones, de cómo Dios se vale de un hecho insignificante para cambiar el rumbo de la historia de una persona que a su vez, como en ondas expansivas, va modificando otras vidas, otras historias.

Pero... continuemos con nuestro relato.

Poco a poco Pilar va creciendo en el colegio disfrutando de la amistad, de los juegos, los estudios... como cualquier chica de su edad. Durante este tiempo, va también descubriendo su vocación, aquello a lo que se sentía llamada por Dios porque tenía las señales inconfundibles de la alegría profunda, la felicidad y la paz. Y es que admiraba a aquellas monjas con las que convivía en su colegio: mujeres entregadas, con una paz profunda, con una alegría de la que nace de dentro...

 Pilar ingresó como religiosa en 1903 en el Convento de la Vera Cruz de Bérriz, entonces (y desde 1554) Monasterio de Clausura  perteneciente a la Orden de la Merced. Días antes, su hermana. (Leonor ingresaba en el noviciado de las Carmelitas de la Caridad de Vitoria. Leonor murió siendo misionera en Argentina y está introducida también su causa de beatificación).

Ese mismo año, Pilar toma el hábito de novicia y cambia su nombre por el de Margarita María. Un año después pronuncia sus votos y comienza a trabajar en el Colegio – Internado como profesora. Supo abrir el corazón de las niñas a situaciones de necesidad, pobreza, enfermedades que en aquellos días azotaban la sociedad.

Mujer inteligente e intuitiva, sincera, amable, valiente y con una gran fuerza de voluntad. Margarita fue mujer de relación fácil, cercana y sincera. Afectuosa y comunicativa. Supo poner todo esto al servicio del Evangelio.

Si nos adentramos en su mundo interior encontramos que la amistad con Dios fue la fuente de su felicidad, honda y contagiosa, que ella comunicaba con naturalidad a todos los que la trataban.

Las llamadas constantes de Dios, desde la realidad, siempre la encontraban vigilante y dispuesta a dar un Sí generoso.

En la contemplación de Cristo Redentor, Margarita quedó impactada de tal modo por Jesucristo Crucificado, por el misterio de su amor hasta dar la vida, que no deseaba más que vivir para identificarse con Él, para llevar el grito de amor de Dios a la humanidad, “hasta los confines del mundo”.

De ahí nació, como ella misma lo reconocerá más tarde, el “anhelo irresistible de hacernos misioneras”.

No podemos olvidar que estamos hablando de una mujer que sintió su vocación a la vida consagrada en un convento de  clausura y cuya  fidelidad a la búsqueda de la voluntad de Dios la llevó a traspasar los muros del monasterio. Y no sólo a ella. Margarita fue capaz de contagiar su sueño misionero a sus hermanas de comunidad hasta convertir un convento de clausura en un corazón misionero.

“Hay momentos en la vida de trascendencia importantísima y es cuando Dios nos señala un camino a seguir y luego deja a nuestra voluntad la correspondencia’’

Y ese camino se fue jalonando –como sucede siempre en la vida de las personas- de hechos a primera vista intrascendentes, en los que el Dios de la Historia, provoca, sugiere y bendice pasos nuevos, proyectos de nuevas rutas en la entrega. En 1919 el monasterio y el convento de Bérriz reciben la visita de dos misioneros: José Vidaurrázaga (jesuita) que marchaba a la misión de Wuhu, en China, y Juan Vicente Zengotita-Bengoa (carmelita), destinado a la India. Esta visita casual de los dos misioneros, las ardientes palabras con las que compartían su vocación a la misión y su petición de apoyo a las colegialas mediante la oración, fueron “la semilla de la vocación misionera que Dios dejó caer en nuestros corazones, llamándonos a una empresa en la que nunca hasta entonces habíamos pensado”

Un entusiasmo desbordante por las misiones brotó en el colegio y se contagió al convento: cartas, visitas, actividades y ayudas solidarias fueron el comienzo, y en cuestión de muy pocos años el convento entero vibraba tanto por la causa misionera que las monjas de clausura se plantearon en serio el poder ser ellas mismas misioneras. Su vocación mercedaria, liberadora, luchadora incansable ante cualquier esclavitud, estaba a punto de abrir un camino nuevo en el mundo. Un camino que las llevaba al encuentro de aquellos que aún no conocían el amor entrañable de Dios, cuyo rostro se había manifestado en Jesús.

Una confianza inquebrantable en Dios, coraje, capacidad de riesgo, una voluntad firme y una gran audacia ante lo desconocido, constituyen las herramientas y el apoyo para ir desbrozando el camino misionero y superar las múltiples dificultades que van surgiendo. Así podrán dejar la tranquila y sosegada paz del Monasterio y lanzarse al riesgo de lo desconocido, a la aventura de compartir la vida y la fe con los pueblos más lejanos. Esto sólo era comprensible desde una gran fidelidad a la llamada de Dios en ellas y a su carisma Mercedario que desde el nacimiento de la Orden tenía como deseo movilizador dar la vida por los hermanos tal  como la realidad (y Dios en ella) fueran pidiendo.

Los pasos necesarios para abrir el camino misionero se dieron con facilidad. Y el 19 de septiembre de 1926 sale de Bérriz el primer grupo de misioneras hacia Wuhu (China). Se había iniciado el “éxodo misionero” de aquellas mujeres contemplativas con el único de deseo de contar a sus hermanos y hermanas que Dios los amaba, que no quería que siguieran siendo esclavos, que los quería libres y felices.

A esta primera expedición les seguirán las de Saipán (Islas Marianas), Ponapé (Islas Carolinas) y Tokio. La misma Margarita dio dos veces la vuelta al mundo, acompañando a sus hermanas que iban a la misión y para visitarlas y acompañar de cerca su nueva vida.

Una vida envuelta desde el comienzo por múltiples dificultades: dificultades económicas,  duros trabajos, el desconcierto de vivir una nueva realidad tan distinta... Su llegada a China estuvo marcada por una guerra civil,  la persecución a los extranjeros e incluso la cárcel.  Pocos años más tarde daría comienzo la Segunda Guerra Mundial, especialmente virulenta en el Pacífico, que supuso en varias ocasiones la destrucción de la obra puesta en pie con tanto esfuerzo y el coraje de volver a comenzar de nuevo.

Todo era asumido por aquellas “nuevas” misioneras con naturalidad y fortaleza desde su 4º voto mercedario: “permanecer en la misión, si lo exige el bien de nuestros hermanos, aún cuando hubiere riesgo de perder la vida”.

El camino comenzado iba pidiendo nuevos y definitivos pasos: la transformación de Convento de Clausura a Instituto Misionero. El 23 de mayo de 1930, después de una votación secreta en la que las noventa y cuatro monjas de Bérriz piden unánimemente la transformación, el sueño de Margarita y de aquel pequeño convento de clausura se cumple: el Instituto de las Mercedarias Misioneras de Bérriz es aprobado y bendecido por la Iglesia.

Poco tiempo más tarde, en la plenitud de sus cincuenta años, el 23 de julio de 1934 y después de una dolorosa enfermedad, Margarita pasa por fin a gozar del Dios que “ama maternalmente”, al que tanto había amado en la oración y en la entrega a los de cerca y a los de lejos. Sus últimas palabras para sus hermanas ya misioneras fueron: “Yo las ayudaré desde el cielo: sí”

Desde entonces ... el camino continúa. Las Mercedarias Misioneras de Bérriz hemos querido vivir como Margarita, mirando a Dios y a la historia para descubrir en cada momento, como ella, quiénes son “los nuevos esclavos  en esta hora”

Cuadro de texto:  

 

A finales de los años 60, la Iglesia de occidente dio un gran vuelco y comenzó a mirar más allá de sus fronteras. El Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (en América Latina) pusieron ante nuestra miradauna realidad terriblemente hiriente: las enormes desigualdades entre los pueblos. El clamor de los pueblos empobrecidos en América y África, se presentaba como el desafío más grave para el Evangelio de Jesús, que vino para crear una  familia de hermanos de iguales.

 

Las Mercedarias Misioneras de Bérriz también escuchamos ese grito de liberación. Congo y América Latina recibieron a varios grupos de hermanas en muy pocos años. En los años 70, el Instituto comenzó también a dar sus primeros pasos en Filipinas.

Hoy el Instituto de las Mercedarias Misioneras de Bérriz, extendido por los cinco continentes, y enriquecido por miembros de sus pueblos, sigue sus huellas. En estos años, las MMB hemos recibido mucho de los pueblos en los que vivimos. Nos han hablado del crecimiento del Reino, desde lo pequeño, como la semilla de mostaza (Lc. 13, 20)

 Desde nuestras comunidades continuamos con entusiasmo y entrega colaborando en la liberación de las víctimas de la exclusión, anunciando a Jesús y su Buena Noticia para todos, integrando en nosotras un estilo de vida que posibilite la justicia, la reconciliación y la armonía con la Creación, nuevas llamadas de Dios en la realidad de este comienzo de siglo.

En el Hoy de nuestra humanidad deseamos mantener con fidelidad el espíritu que animó a la M. Margarita, su talante contemplativo y misionero, profundamente humano y humanizador.

Las MMB guardamos y compartimos con cariño su herencia: ser mujeres abiertas a la vida, que siguen las huellas de Jesús, que se sienten invitadas a vivir su Evangelio y que se entregan generosamente a la misión para darle a conocer con su testimonio, anuncio y servicio a los hermanos y hermanas.La vida de  los beatos y beatas se nos ofrecen para que nos sirvan hoy como ejemplo,  como compañeros en el camino, estímulo... porque tienen algo que decirnos hoy. ¿Qué nos dice Margarita, la mujer que tuvo el coraje y la capacidad de riesgo de romper unas rejas de clausura para optar por la libertad de muchos hermanos y hermanas:

Merece la pena vivir en constante búsqueda de la voluntad de Dios que posibilita nuestra libertad y siempre conduce a más felicidad, más humanidad, más vida, ... para nosotros/as y para los demás.

“Hay momentos en la vida de trascendencia importantísima y es cuando Dios nos señala un camino a seguir y luego deja a nuestra voluntad la correspondencia”.

-          Merece la pena una vida vivida desde la propia interioridad, ese espacio en el que nos encontramos con la verdad de nosotros mismos y con Dios que nos habita y nos envuelve y unifica nuestra vida tantas veces dispersa.

“Quiero alcanzar esa quietud interior que tanto envidio en los santos. Esto será vivir en verdad”.

“Quiero Alegría, pero de esa que brota de la paz interior y del trato íntimo con Dios”

-          Merece la pena ser valientes, salir, arriesgar, romper los moldes establecidos cuando están en juego la vida y la dignidad de nuestros hermanos y hermanas.

“¿Queréis que... nos cruzáramos de brazos, tembláramos ante los sacrificios e hiciéramos a Dios tan pequeño como lo somos nosotras cuando calculamos y medimos y pesamos las empresas divinas como negocios humanos?. No,  imposible, cuando se pide a gritos el pan de la Palabra divina, hay que ir a dárselo saltando por encima de dificultades, peligros, temores y hasta fracasos”.

-          Merece la pena acoger la vida, en lo pequeño y en lo grande, como regalo fascinante puesto en nuestras manos para ser compartido con la conciencia de que todo lo que no se da, se pierde.

“Vivo en paz con el corazón muy joven, trabajando por ser siempre optimista y hacer que otras lo sean. Dar la felicidad que Dios me ha dado a manos llenas”.

-          Merece la pena apasionarse con un proyecto que nos coja la vida, que nos haga sentirnos felices, útiles, vitales.... Que nos haga sentir que nuestra vida tiene razón de ser. Que la vida merece la pena ser vivida.

“Yo amo a las misiones como a la niña de mis ojos y tengo centrado en ellas mi entusiasmo, mi cariño y toda mi vida”.

REVIVIENDO

EN NOSOTRAS

LA EXPERIENCIA

DE LA BTA. MARGARITA

 

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